Buscador Legado de Yuste:
   

 

 

 

 

 



 
 
  Carlos V asumió pronto su destino como Emperador del Sacro Imperio. No sólo en su insaciable espíritu de luchas y conquistas era comparable a los clásicos emperadores de Roma, sino también en los grandes banquetes donde no ocultaba su gusto, a veces voraz, por las excelencias que propiciaba la buena mesa.
Ya los antiguos romanos, a quienes los europeos hemos de agradecer la buena cocina clásica, sabían cómo preparar platos de mil maneras apetecibles. Famosos fueron los legendarios "tragones" romanos. En Carlos V, era conocida el hambre ilimitada que exhibía en las comidas y su preferencia por los platos de caza aderezados con finas hierbas aromáticas, aunque no desechaba otros elaborados productos del mar, eso sí, exigía que fueran sabrosos y de calidad.
Si bien, la cerveza se había convertido en compañera inseparable en las comidas del emperador también encontró otras utilidades para ella. La cerveza le ayudaba tanto a calmar el ansía antes de una batalla, manteniendo estables los sentidos, como para aplacar la sed durante la lucha y le acompañaba, asimismo, en la euforia tras la deseada victoria.
En sus últimos años, durante su ansiado retiro al Monasterio de Yuste, amansó su dominante brío con largos sorbos de cerveza y buscó el relajo en el aroma del lúpulo y la sana modorra del líquido dorado. Su séquito incluía un maestro cervecero que se esmeraba en depurar el sabor y los aromas de este líquido singular. Esta cerveza, fabricada paciente y expresamente para el disfrute del Monarca, era decididamente imperial no sólo por su excelencia, sino además por su sabor, por su tradición y perfecto equilibrio paladino.
El Monasterio, lugar silente, propicio para el recogimiento espiritual, era el más adecuado para aplicar el proceso artesanal y lento, ineludiblemente necesario, que confiere su genuino sabor a la cerveza de abadía. Esta cerveza llega a nuestros días con el nombre de Legado de Yuste.