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La
vida del Emperador en el Monasterio de Yuste transcurría entre
paisajes paradisíacos, oraciones y lectura. Pero un hombre
de la importancia de Carlos V no podía permanecer ajeno, aunque
éste fuera su deseo, a la vida exterior. Por tres veces, casi
consecutivas, el Emperador vio interrumpida su paz.
El
problema portugués, la nueva guerra contra Francia que comenzaba
su hijo y el que muchos historiadores señalan como el conflicto
que envejeció y afectó más profundamente al
Emperador, los brotes de luteranismo que comienzan a aparecer
en algunas regiones españolas. La gran política no podía
prescindir todavía de un hombre que durante 40 años
estuvo gobernando sobre medio mundo.
Al
margen de la política exterior, Carlos
V disfrutaba de una vida relajada y placentera entre los monjes
jerónimos. Sus actividades diarias estaban motivadas principalmente
por su estado de salud.
Durante
las mañanas la mayor parte del tiempo del Emperador,
se consumía entre el desayuno, el baño, el aseo personal
y la misa o los santos oficios, según el día de la semana.
A sus responsabilidades religiosas Carlos acudía siempre que
su delicada salud se lo permitía, si ello no era posible comparecía
desde sus aposentos.
El
Emperador, según cuenta la leyenda, gustaba de pescar
truchas algunas tardes, de las que luego daba cuenta al día
siguiente durante el almuerzo siempre acompañadas de uno de
sus mayores placeres, la cerveza. Tras el copioso almuerzo, Carlos
adoptó la buena costumbre hispana de dormir la siesta.
Las
tardes transcurrían entre ratos de lecturas y reflexión
y las escasas visitas que tenía el Emperador, alegradas a partir
del verano de 1558 por Jeromín, el hijo ilegítimo de
Carlos criado por Magdalena de Ulloa, futuro don Juan de Austria.
Debido
a su delicada salud Carlos se veía obligado a retirarse temprano
a sus aposentos.
Y
así se deslizaba la vida del Emperador
más poderoso del mundo, que decidió pasar sus
últimos días rodeado de la naturaleza, imbuido en la
vida contemplativa y disfrutando de una paz y sosiego que su condición
de Emperador del nuevo y el viejo mundo siempre le había negado.
Carlos
V muere de paludismo, enfermo de gota y con diabetes, a las dos de
la madrugada del día 21 de septiembre de 1558. Permanece enterrado
en Yuste hasta que su hijo Felipe II traslada su cuerpo y el de la
Emperatriz al Monasterio de El Escorial. |
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