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El
25 de octubre de 1555, con el pensamiento puesto en su ansiado retiro,
Carlos V renuncia a los Países
Bajos en favor de su hijo Felipe, en el mes de enero de 1556
renuncia a las coronas hispanas de Castilla y Aragón y algo
más tarde a la corona imperial, a la que accedería su
hermano Fernando.
Estos
tres pasos lo acercaban un poco más a Cáceres, a Jarandilla
y a la que sería su última morada, el Monasterio
de Yuste en la comarca extremeña de la Vera. Pero todavía
Carlos hubo de esperar un tiempo antes de partir, el retraso
en las obras del palacete de Yuste y el mal tiempo no invitaban a
la marcha del Emperador.
Finalmente el 17 de septiembre el Emperador embarca en Flesinga, acompañado
por un séquito de 150 personas y de sus hermanas Leonor y María,
rumbo a España en la que arribará el 28 de septiembre
de 1556.
El
viaje hacía su reposo final comenzó en otoño,
el Emperador, incansable viajero,
partió de Laredo el 8 de octubre y tras franquear la cordillera
cantábrica, pasar por Medina de Pomar, llegar a Burgos y cruzar
Torquemada, Dueñas y Cabezón, alcanza Valladolid, donde
descansaría durante dos semanas antes de afrontar la última
parte de su viaje.
Cuacos
de Yuste y la Comarca de la Vera estaban más cerca,
lejos de desanimarse por el otoño lluvioso que se acercaba,
Carlos aceleró los preparativos para su marcha, despidió
a la mayor parte de su séquito tomando a su cargo un total
de 50 personas, entre ayudantes personales, cocineros, lavanderas,
maestro cervecero...; y comenzó la ruta que lo llevaría
a recorrer la distancia que lo separaba de Medina a Jarandilla, donde
se encontraba el Palacio del Conde de Oropesa, residencia del Emperador
hasta la finalización de las obras en el Monasterio
de Yuste.
El
12 de noviembre el viejo emperador, cansado y enfermo, concluye la
última etapa de su viaje, antes de descansar en el
Monasterio de Yuste. Etapa que se prolongaría hasta
febrero de 1557.
Por
fin, el 3 de Febrero a las cinco de la tarde el Emperador
Carlos V realiza su entrada en el
Monasterio de Yuste en litera, impedido por su enfermedad,
la gota, Carlos es recibido por los monjes jerónimos, las campanas
del Monasterio y la luz de la comarca extremeña.
 El
Emperador había llegado a su deseado retiro, al anhelado lugar
donde habría de permanecer hasta el fin de sus días,
acompañado del silencio y el paisaje, donde podría olvidarse
de la ajetreada vida política, de los viajes, de las luchas
religiosas y disfrutar junto con los jerónimos de un tiempo
de descanso y sosiego, hasta su muerte que no fue provocada por la
gota, su mal histórico, sino por el brote de paludismo que
invadió la comarca de la Vera. |
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